sábado, marzo 28, 2015
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por Nicolás Pastor

El carlismo es un compromiso, un compromiso latente, una gracia que el Señor nos ha concedido como oportunidad para obrar por Su reinado social en España. Causa defendida por nuestros mayores y a la vez, por todos aquellos que nos antecedieron y que lejos de ser tibios, prefirieron regar con su sangre los campos de media España en la defensa del tradicional lema de Dios, Patria, Fueros y Rey. Valientes y a la vez humildes que supieron entregarse en cuerpo y alma a la guerra, el martirio y al exilio, todo ello antes de comportarse de forma cómoda y aceptar los cambios que propiciarían el fin de la verdadera España, la España católica.

Sus actos, sus gestas, sus testimonios ¡Apostólicos! nunca fueron en vano. Porque con el fin de cada época por muy amarga fuera, gracias a su ejemplo, miles de jóvenes manos se dispusieron para heredar y enarbolar con fuerzas renovadas la bandera que sostuvieron nuestros padres.

Jóvenes valientes, que no se dejaron arrastrar por las corrientes del mundo moderno, que no temieron ser diferentes, jóvenes de corazón inquieto que quisieron cargar sobre sus hombros con el peso de España.

Jóvenes que antepusieron a su Dios ante todo y que gracias a la perseverancia que nos brinda la Fe en Cristo supieron dar continuidad a la causa de la Santa Tradición.

Y casi dos siglos después y gracias a todos esos jóvenes que ahora se cuentan entre nuestros mayores nos encontramos aquí, con los brazos extendidos, esperando recibir nuestro más querido motivo.

Pero seamos conscientes, la responsabilidad que heredamos no termina con los vivas dados un par de veces al año en algún lugar emblemático de las Españas, en un campamento o en compañía de nuestros más íntimos amigos. El compromiso que nos exige nuestra causa empieza y termina con los Santos Evangelios, ser católicos y por ser cristianos comprender que el carlismo es el medio esencial para nuestro fin primero: Que Cristo reine.

Porque Cristo Reinará cuando la sociedad lo acepte y para que lo acepte tenemos que llevar a cabo nuestro más humilde apostolado y para ello, hay que ser consecuentes.

El carlismo no puede permitirse una juventud despreocupada, bohemia, que lo reduce todo a puro folclorismo o a un mero club de amigos. Porque para ello ya está el mundo liberal.

El carlismo requiere y llama a jóvenes dispuestos, sacrificados, que se entreguen de la misma forma que se entregaron sus propios padres y que estén en grado de aceptar la pesada Cruz de nadar a contracorriente. Jóvenes que frecuenten y vivan en los sacramentos, que comprendan cual es el valor de una Santa Misa y que sean humildes ante Dios.

Jóvenes que se quieran formar, en lo religioso y en lo político, capaces de defender nuestras posturas comprendiendo ante todo lo que realmente somos y lo que nunca tenemos que llegar a ser.

Estamos llamados a la conquista social mediante el apostolado y cuando esto se dé, no tardaremos en sentar en el trono de las Españas al Rey que Dios nos dé en su momento.

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