domingo, marzo 29, 2015
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Ante el olvido de los justos, recuerdo y homenaje a Antonio Aparisi en su bicentenario.

por Antonio Colomer Viadel, catedrático de Derecho Constitucional

En el día de hoy, 29 de marzo, se cumple, justamente, los 200 años del nacimiento en Valencia de Antonio Aparisi. Hace 21 años, en 1994, escribí un libro titulado “La exigencia moral en la política: Antonio Aparisi y Guijarro”. Mi fascinación por el personaje no sólo se debe a mi vínculo familiar sino a una trayectoria excepcional de hombre, político, parlamentario y abogado, de una honradez e integridad incorruptible, que provoca el elogio incluso entre sus adversarios políticos.

Ahí están los testimonios del Conde de Romanones, Posada Herrera o Emilio Castelar, que fue Presidente de la Primera República, y alabó de forma apasionada a Aparisi como abogado extraordinario y uno de los mayores oradores parlamentarios de la España del siglo XIX. Castelar llegó a decir que si pudiera elegir entre sus antagonistas ideológicos a alguien como Fiscal General del Reino, con la seguridad de que los derechos de todos los españoles estarían plenamente garantizados, sin lugar a dudas, elegiría a Antonio Aparisi.

Fue Diputado y Senador por Valencia y por Guipúzcoa, pero, ante todo, fue un hombre independiente, sin partido –sólo al final de su vida ante la corrupción y degradación moral de Isabel II y su Corte, apoyará al Pretendiente carlista-, implacable ante la injusticia y la mentira, abogado de los pobres y republicanos perseguidos, -¡él, que era católico y monárquico sustancial!- y denunciador de corrupciones y fraudes electorales y políticos, tan frecuentes en la época. En cierta medida, fue la conciencia moral de un pueblo y sus palabras y vida son aldabonazos en la sociedad en que vive, tal como lo hicieron en los tiempos antiguos, Diógenes o Catón.

Algunas de sus ideas –la preocupación social, el clamor por la justicia, la descentralización y el arraigo local y popular en la participación política- tienen resonancias muy vivas y actuales.

En una sociedad tan cainita como la española y en una época de banderías violentas, en medio del falseamiento y fraude generalizado de la vida política, destaca la ejemplaridad de aquel hombre íntegro.

En un discurso que pronunció en el Congreso de los Diputados el 4 de julio de 1865, en los años previos a la caída de Isabel II, y haciéndose eco del desaliento que la situación del país le provoca, exclama: “Algunas veces, abatido, una voz secreta me decía, cállate, ¿por qué hablas? Hasta ahora tuviste la fortuna de no odiar a nadie, no sigas en peligro de odiar; hasta ahora tuviste la fortuna de no hacer daño a nadie, no sigas en peligro de hacerlo… cállate, ¿por qué hablas, pues? Es verdad, contestaba yo; pero ¿y la conciencia?”.

Esa fidelidad a los valores éticos y a la exigente conciencia es un rasgo irrenunciable de Aparisi, para el que ningún valor humano le es ajeno, sea cual fuere su origen, y muchas de cuyas reflexiones tienen una actualidad impresionante.

En medio de esta triste indiferencia e ignorancia sobre su figura y su obra en nuestra ciudad y nuestro país, una excepción ha sido la del profesor Carlos Flores que hace unos días (ABC, 25-3) evocaba su figura y utilizó el hábil argumento de poner en boca de algunos personajes actuales preguntas y respuestas que en realidad eran de Aparisi. Sirva de muestra alguna cita “cuando Albert Rivera se pregunta ¿hay elecciones? Las quiero libres. ¿Ha de haber diputados? Los quiero de todo punto independientes. ¿Tenemos diputados de todo punto independientes? Pues yo los quiero incorruptibles. O cuando Alberto Fabra, en relación con la Ley de Señas de Identidad hubiera declarado que “Valencia sin sus tradiciones sería como un pueblo salido del hospicio”. Y que el Papa Francisco escribiera “cuando el hombre-Dios nos dijo sed buenos, nos dijo sed libres. Por eso tenemos hasta la obligación de ser libres los cristianos… pues Dios no pudo querer que besáramos como siervos el pie de un déspota o adulásemos como siervos la ira del populacho”. A continuación, el profesor Flores, aclara que el autor de estas reflexiones, en realidad, se llamaba Antonio Aparisi y Guijarro, y era hijo de esta tierra.

También tendríamos que preguntarnos por qué no elegimos a los mejores, a los más fieles cumplidores de sus deberes profesionales, familiares, políticos, más allá de servilismos partidistas. Una civilización de sujetos éticos retomaría el clásico juramento de Hipócrates para los médicos, pero que sirve para todos los oficios y profesiones, en cuanto a la autoexigencia de rigor profesional, de dedicación plena, de precio justo, y de lealtad a discípulos y pacientes. Si ese entramado de deberes fecundara nuestra sociedad, emanaría del mismo la plenitud de nuestros derechos de forma natural, sin griteríos y aspavientos. Este es el desafío de los justos ante la conspiración de la infamia en la que estamos sumergidos. Este es el ejemplo de Aparisi en esta España de final del milenio –escribí en el prólogo de mi libro-, en donde la política pareciera entenderse como botín  y las parcelas de poder se defienden a dentelladas, como fieras hambrientas que no quieren renunciar a su presa. Aquella exigencia moral de Aparisi es lección de pedagogía cívica que urge rescatar e incorporar a nuestras costumbres ciudadanas.

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