martes, junio 17, 2014
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por Carlos Ibáñez Quintana

Cambiar la Constitución es una idea que hoy circula. Por una parte se ha visto que la que tenemos ya no sirve. Por otra, argumentan que si la validez de una constitución nace de la voluntad de los que la aprobaron, la actual la ha perdido, pues la mayoría de los ciudadanos actuales no tenía voto en 1978.

El segundo argumento es definitivo. Bueno, definitivo relativamente. Solamente si pensamos al modo liberal. A cualquiera se le ocurre que, de ser válido, los estados tendrían que cambiar de constitución cada cuarenta años. Y eso no ocurre más que en los países poco serios. Entre los que tenemos que incluir a la España liberal, que ya ha tenido unas cuantas.

Escena parlamentaria a mediados del siglo XIX.
Eugenio Lucas Fernández

El que, basándose en principios liberales, hoy se pida un cambio de constitución, y el argumento no tenga réplica, demuestra lo absurdo del sistema liberal.

La constitución más antigua es la de los Estados Unidos. Para establecerla, los padres de aquella nación se reunieron y en muy pocos párrafos recopilaron una serie de principios, que estimaban fundamentados en justicia, y los aprobaron. Y así siguen. Los aprobaron porque quisieron. Pero quisieron porque los encontraron buenos. De modo que fue la bondad de aquellos principios lo que les movió a aprobarlos. En ningún momento pensaron que era su voluntad, al aprobarlos, los que los hacía buenos.

Y porque eran buenos, lo siguen siendo hoy y a nadie se le ocurre que haya que cambiar de constitución. A la misma se han añadido enmiendas que las transformaciones sociales han hecho necesarias. Pero nada más.

Lo de España ha sido diferente. Casi dos siglos de liberalismo nos han llevado a no distinguir el bien del mal. ¿Por qué nos decidimos entonces? Nuestra voluntad ciega es la que decide. Como ya advirtió el Obispo Torras y Bages hace casi un siglo, nos hemos creído que nuestra voluntad tiene un poder creador. Hemos aceptado el engaño de la Serpiente en el paraíso: “seréis como dioses”.

Se nos repitió la misma mentira y la volvimos a creer. Nos dijeron “habla, pueblo, habla”. Y nos tragamos el anzuelo. Porque lo que de verdad nos decían era: “repite, pueblo, repite”.

Se estableció una Constitución. Para ello se reunieron siete “padres de la Patria”. Siete, número sagrado. Y los reunidos no aportaron principios, sino ideologías. No buscaron lo permanente, sino lo brillante. Así salió un texto que hacía agua por todas partes. Los carlistas lo criticamos con razones basadas en principios permanentes. Y el tiempo nos ha dado la razón.

La Constitución que no tenía más justificación que la voluntad, exige ser cambiada por los que hoy viven, que tienen otra voluntad.

Es una prueba más de cómo el liberalismo rompe vínculos sociales. Se ha roto el vínculo entre una generación y otra.

¿Cambiamos la Constitución? ¿Para qué? Otro texto, otra recopilación de ideologías que para nada tienen en cuenta la realidad de España, sería otro engendro como el que ahora padecemos. “Para ese viaje no necesitamos alforjas”. Que sigan las cosas igual para que no vayan a peor.

Ya que a mejor no podrán ir mientras los españoles no rompamos con el liberalismo que nos esclaviza y volvamos al verdadero ser de España. Por que es triste que el pueblo en el que nació el derecho de gentes olvide su pasado y recurra para su futuro a los sueños de los ideólogos de la Europa anticristiana.


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