viernes, agosto 21, 2015
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por Nicolás Pastor

Entrevistamos al hermano Josép Maria Ortiz Frigola, un joven seminarista catalán de la sociedad Misionera de Cristo Rey que actualmente se encuentra de misión en Perú. El hermano Ortiz es el tercero de los ocho hijos de la familia Ortiz-Frigola, una familia católica catalana que ejemplifica el sentido religioso del tradicionalismo de las Españas.

1.- Ante todo, cuéntanos. ¿Cómo fue tu infancia?
Mi infancia la considero normal. Nací en Gerona el 13 de febrero de 1996, en una acogedora clínica de la misma ciudad. Fui bautizado al poco. En mi tierra es tradición poner en el bautismo tres nombres de Santos para que intercedan por ti, a mí me pusieron como titular a San José y los dos nombres de mis abuelos, Pedro y Mariano. Crecí rodeado de mis hermanos y mis padres en una acogedora casa de Cassà de la Selva, un pueblecito a 15 quilómetros al sur de Gerona. Fui educado en la doctrina católica desde mi más tierna edad. El rezo del Rosario y la Misa Dominical eran importantísimos en casa. Con mi familia escuchábamos muchas veces que por el pueblo nos llamaban “los Frigola”, pues como mi madre es del pueblo nos conocen más por nuestro apellido materno. Cuando  en cambio, íbamos los fines de semana a Barcelona, nos conocían como “los Ortiz”, pues es dónde vivía mi padre. Estudié toda la educación obligatoria en el colegio  La Salle de mi pueblo y el bachiller lo hice en el colegio Corazón Inmaculado de María, en Sentmenat, que rigen los misioneros de Cristo Rey (el segundo curso ya como hermano). Toda la escolarización la recuerdo con gran agrado, pues uno de los muchos regalos que Dios me ha dado son las incalculables personas que me han ido situando en mi camino. Finalmente, al terminar las PAU, el P. Antonio Turú, mCR, me dijo que en lugar de estudiar una carrera que prefería enviarme aquí, a Perú, para que me formara en la casa que tenemos en Chosica. Así que heme aquí.

2.- ¿Siempre viviste en un ambiente católico? Gracias a Dios sí. Mis padres, abuelos, tíos y primos han tenido siempre claro que la fe es algo mucho más importante que cualquier otra cosa que el mundo pueda ofrecer. Este mundo pasa, mas el alma tiene vida eterna, y depende de nosotros el vivir en plena felicidad al lado de Dios o en eterna condenación. Por ello, mi familia siempre ha velado por mi formación, llevándome al Patronato de la Juventud de San Pedro Claver, a la Unión Seglar de San Antonio Mª Claret, a las Jornadas de la Unidad Católica de España, entre otros, para que poco a poco fuese instruyéndome tanto humanamente como espiritualmente.

3.- ¿De qué forma han influido la Unión Seglar y la Sociedad Misionera de Cristo Rey en tu formación religiosa? Pues han sido una de las grandes bases en las que he crecido. Cierto es que la distancia ha hecho que mi formación  diaria haya sido en el Patronato, pero mis padres, en especial mi padre, son hijos de la Unión Seglar, conocieron al P. Alba y en todo momento nos han educado a mis hermanos y a un servidor con el espíritu ignaciano que gira entorno de la Unión Seglar y mi Sociedad Misionera de Cristo Rey. Pocas veces asistía a los actos de la Unión Seglar. Regularmente asistía a los retiros, cenáculos y campamentos. No obstante, llegó un momento, en 2010, en que en el cenáculo de mayo, Marcos Vera, presidente de los Jóvenes de San José, vino y me invitó a asistir a una de las actividades de apostolado de la Unión Seglar que se dedica a la beneficencia de los pobres en las calles de Barcelona. Esto supuso mi total integración en la Unión Seglar. Desde entonces, ya no era mi padre quien me llevaba, sino yo personalmente quien quería ir. Por el hecho de depender la Unión Seglar de la Sociedad Misionera, se sobrentiende que los misioneros también hacían mucho.

4.- ¿A qué edad surgieron tus primeras inquietudes en cuanto a Dios? ¿Cómo descubriste tu vocación? Sinceramente  no sé responder a esta pregunta que mucha gente me hace. Lo único que recuerdo es que de pequeño escuché que alguien decía que hacían falta sacerdotes, y  pensé que si hacían falta, yo sería uno de ellos. En multitud de ocasiones el P. Manuel Martínez Cano, mCR me dio pequeños folletos en los que se explicaba qué es la vocación, pero, si te tengo que ser sincero… no soy muy asiduo a la lectura y creo no llegué a leer ninguno. Tampoco me hacía mucha falta, porque desde pequeño ya tenía clarísimo que Dios quería hacer de mí su sacerdote. Mi hermana mayor a veces me recuerda que de pequeño también decía que quería ser carpintero como San José (siempre me han gustado los trabajos manuales). Siempre, al volver del colegio, paraba delante una carpintería que me venía de camino a ver al señor trabajar, a oler el aroma de madera recién cortada… Ahora, cuando pienso en ello, no se me ocurre otra cosa que el ser carpintero de almas, darles la forma más bella posible, quitando todo resquicio de imperfección.

5.- Desde entonces, tu vida debe haber cambiado muchísimo. No demasiado… vaya, para nada. Los sacerdotes no son bichos raros. Son simplemente personas que se dan del todo a Dios. Mi familia siempre me dice que de pequeño tenía una cara de pillo que no se me aguantaba, y aún hoy que la gente me  dice que estoy un poco loco, porque hago tonterías (me gusta hacer reír), pero eso no me impide ser seminarista. Lo importante es no pecar. Si no ofendemos a Dios, se puede hacer cualquier cosa. Yo viví una infancia increíble, pese a saber tanto mis padres como mis hermanos cual era mi determinación. Nunca me miraron distinto. Hice siempre lo mismo que ellos y ya está. Si acaso fue un poco distinto en el colegio. El mundo de hoy no lo quiere entender. No comprende cómo un joven renuncie a “toda una vida”. Yo, en cambio, siempre fui un amigo, sin impedirme la vocación tener “buen rollo” con mis compañeros. Al preguntarme siempre respondía con una sonrisa en la cara, y con el tiempo incluso me llegaron a decir que yo les casaría algún día.

6.- Ahora estás en Perú. ¿Qué te ha llevado hasta allí? La obediencia. Al entrar en la Sociedad Misionera libremente sometí mi persona al superior, que determinó enviarme aquí para que me formara mejor como misionero de Cristo Rey. En un principio me lo tomé un poco a malas, porque me daba miedo el cambio de vida, ir entre gente que ni conocía, con costumbres distintas… pero ahora lo agradezco.

7.- ¿En qué se concreta tu labor misionera? Ahora mismo en mi vida de piedad, mi formación humana e intelectual y en la catequesis a niños los sábados. Yo no he venido aquí a misionar Perú, sino para misionarme a mí mismo. Es importantísimo  que los seminaristas nos formemos bien, porque un día nosotros tendremos que enseñar a otros, y no se puede dar lo que no se tiene. Siempre hay excepciones, como acompañar a algún padre a alguna misión, ir a acolitar o a cantar con el coro en alguna Misa, pero el horario tipo es estudio, oración y catequesis.

8.- Ser seminarista y misionero en un país de ultramar. Has cruzado todo un océano. ¿Añoras a tu familia? ¡Claro que la añoro! ¡Faltaría más! El amor de unos padres que te quieren como a su más preciado regalo es imposible de olvidar. No obstante, sin dejar de quererlos, deseo amarlos en Cristo. La primera vez que - una vez llegué a tierras hispanoamericanas- hablé por teléfono con mi familia, se puso al teléfono mi hermanita y me dijo con voz dulcísima y melancolísima: “José… ¿cuándo volverás?”. Claro… como comprenderás… se me hizo un nudo en el estómago que me duró un poquito. Ahora bien, si pienso en el por qué estoy aquí, prefiero padecer un poquito por Cristo: “El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.” (Mt 19,29)

9.- ¿Y a tu Patria? Por supuesto. Mis padres siempre me han transmitido el amor, respeto y veneración a la Patria que Dios me ha regalado. Además… ¡qué regalo! Siempre me he enorgullecido de ser español y aquí en Perú todo el mundo nos conoce -a mis hermanos españoles y a mí- como los españolitos. Me duele cuando hablan mal de ella peruanos que tienen una mala concepción de la evangelización, que por desgracia es algo bastante usual por aquí… En fin, que sí.

10.- ¿Qué queda de España en el Perú? Pues para empezar lo que España vino a traer, la fe. La gente entiende mal el papel de España en América porque no vive una vida de piedad como Dios manda. No obstante, la España en la que no se ponía el sol buscaba en todo momento que no hubiese fronteras para Cristo. Prueba de ello son todas las Reales Cédulas que los Reyes redactaron. Hoy si hay fe en Perú es gracias a la España. Además, también existen muchas partes de la cultura española, como es la lengua, con toques divertidos como el no tener ni un sonido de zeta en su abecedario, que da el encanto de las tradiciones propias de cada tierra.

11.- España, que por vocación fue “evangelizadora de medio orbe”, hoy se encuentra sumida en un proceso de secularización. ¿Qué papel crees que tiene que tomar un sacerdote en esta situación? Pues evidentemente la de aprender cuál es el verdadero sentido de ser sacerdote y cuál es la vocación de España. Mi superior, el P. Miguel Acosta, mCR, en varias ocasiones me ha dicho que lo que queda de católico en España es la verdadera España. Como decía Torres i Bages: “Catalunya serà cristiana o no serà”. Esto mismo no tiene sentido si la misma España no es cristiana. Yo amo la España Católica de mis abuelos, que al grito de “¡Viva Cristo Rey!” defendían donde fuese la fe. Un sacerdote español tiene que tener en el corazón cuál es el recto gobierno de la patria según la doctrina social de la Iglesia, teniendo como fin la instauración del Reinado Social de Cristo por el que trabajaron muchos reyes y gobernantes y que su anhelo tiene que ser constantemente y en todo lugar la salvación de las almas. Esto no es algo de nuestros días, sino lo que siempre ha sido. No tiene por qué cambiar hoy.

12.- Mayoritariamente nos encontramos con una juventud privada de espiritualidad y moral cristiana. De tu experiencia en España, ¿existe otra juventud, una juventud alternativa? Claro. No está todo perdido. Yo conozco jóvenes de Madrid, de Valencia, mis mismos compañeros de la Unión Seglar… que viven aún la vida de piedad que les infunde un sano patriotismo. Son aquellos jóvenes que han recibido una sana formación, de modo que no tienen la cabeza carcomida por las  ideas condenadas por la Iglesia, tales como el modernismo, el comunismo y el liberalismo. Aún estamos a tiempo de salvar a la España de nuestros padres si todos nos concienciamos en que proteger la fe y la memoria histórica de nuestra patria son los bastiones principales de nuestra defensa.

13.- Ahora Información es una revista de opinión carlista leída por muchos jóvenes. ¿Qué deberían hacer si algún día Dios les llama y les despierta inquietudes hacia el sacerdocio? Para empezar no hacernos los sordos. Dios llama a muchos. Otra cosa es que éstos tengan el valor necesario de decir que sí. Como decía San Juan Pablo II: “No tengáis miedo de abrir las puertas a Cristo”. En segundo lugar, no comentárselo más que a las personas de estrecha confianza, porque, como reza el dicho: “Vocación sabida, vocación perdida”. El mundo si se entera que tenemos un sacerdote en potencia que puede ser un estorbo, hará lo que sea necesario para que esta posible vocación desaparezca. Por último, intentar crecer en la vida de oración, porque si realmente esta llamada viene de Dios, entonces estará necesariamente dirigida a crecer en la vida de unión con él. Si poco a poco se crece, entonces buena señal.

14.- Desde Perú. ¿Nos dedicarías algunas palabras para España? Sí, una súplica. Por favor, si de vez en cuando pueden apartarse un poquito del bullicio del mundo y rezar un poquito por los seminaristas que se están preparando, pues que lo hagan, porque hace mucha falta. No lo pido yo, sino el mismo Jesucristo: “Pedid al Señor de la mies que envíe trabajadores a ella.” No es un juego. La salvación y la gloria de nuestra España dependen de ello.


Muchas gracias hermano Ortiz por dedicarnos un poquito de tu tiempo  y concedernos esta magnífica e interesante entrevista. Tu testimonio es una forma muy necesaria de apostolado para nuestros jóvenes. Desde España, en Cristo, teniéndote a ti y a los demás hermanos de la sociedad Misionera de Cristo Rey presentes en nuestras oraciones nos despedimos. Un abrazo en el Señor. 

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