martes, abril 07, 2015
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por José Miguel Orts

 “SERÉIS COMO DIOSES” (Génesis, 3, 5)

A propósito de la ley de “Señas de Identidad” de la Generalitat Valenciana

Es una tentación recurrente. Definir el bien y el mal, crear de la nada. Especialmente sensible a la misma es el gremio de los políticos. En esto que se ha venido en llamar la “Comunitat Valenciana” (está prohibido designarla en otro idioma), los que mandan han pensado que hay que blindar las señas de identidad con las letras virtuales del Diario Oficial de la Generalitat Valenciana, como si se tratara de una registro de patentes y marcas, “para que nadie nos robe”.

Se trata de una medida hecha a medida del positivismo jurídico, que con la norma escrita crea derecho. Para seguir la moda de la fobia al vacío legal que llena el mundo de declaraciones, constituciones y estatutos que sirven para llenar papel y dejar satisfechos a los políticos en ejercicio y en expectativa de destino.

Hay un montón de cargos electos y digitales que viven de parir normas cada mes. De eso depende la continuidad de sus nóminas.

Para ello han de crear la ley para que la realidad se ajuste a ella. Algo tan pintoresco como los intentos de oficializar la receta de la paella valenciana en el B.O.E. para perseguir por plagio a quien introduzca algún ingrediente diferente del legislado, con que hicimos reír a España en los albores de la democracia.

Por esa misma regla de tres, las faltas de ortografía pueden ser delictivas si vulneran las normas de la Acadèmia Valenciana de la Llengua. O podrían serlo de otra manera si esta institución fuera sustituida por la Reial Acadèmia de Cultura Valenciana. Y no digamos la pronunciación…

Los valencianos no vamos a ser ni mejores ni peores con “señas de identidad” patentadas o sin ellas. Nadie va a ser más o menos patriota por comer el suc d’anguiles según un estilo u otro, por hablar el valenciano “subsucrònic” o el del Baix Vinalopó. Por esa misma dinámica habría que priorizar el equipo de fútbol que simbolice “nuestro ser nacional”, la música que nos hace vibrar por obligación, o el diseño de la indumentaria regional para que no se confunda con la de nuestros vecinos.

Volvamos al sentido común, al “trellat” tan olvidado. Y dejemos de halagar el oído del potencial votante con propuestas chauvinistas, cuando cada partido baila en las cámaras legislativas de todos los niveles según le marca el jefe de filas respectivo.

Basta ya de “ballar els nanos” al personal cuando de las mismas arcas públicas salen las subvenciones de los intentos normalizadores contrapuestos. Y con las firmas de los mismos prebostes que quieren poner puertas al campo, fijando límites formales al ser valenciano.

Recordemos, una vez más, el mensaje que el conseller Villalonga, al tomar posesión el primer equipo del PP en la autonomía valenciana, le comunicó al gramático Enric Valor (“Curs Mitjà de Gramàtica Catlana referida especialmente al País Valencià”, entre otras muchas obras): “Mestre, no es preocupe: el nostre català no corre perill”.

Un poco de respeto a la inteligencia del ciudadano al que se le considera microsoberano, menos hipocresía institucionalizada y un poco, un poquito siquiera, de vergüenza torera.

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