sábado, julio 12, 2014
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por Guillermo Elizalde Monroset

La cuestión del nacionalismo ha recibido en el siglo XXI dos valiosos regalos. El primero es de naturaleza moral y nos lo ofreció por sorpresa Juan Pablo II en su casi póstumo “Memoria e identidad” (2005). Allí el patriota polaco llamaba a “evitar absolutamente” la “degeneración” del patriotismo en nacionalismo (c.XII), insinuaba una misteriosa y típicamente eslava “escatología de la nación” (c.XIV) y recomendaba el espíritu abierto de la época jaguellona de Polonia, ejemplo de convivencia de diversos pueblos y religiones (c.XV).

El segundo regalo intelectual sobre el nacionalismo lo encontramos en el ya difunto Doctor Francisco Canals Vidal (Barcelona, 1922-2008), en su antología histórico-filosófica recogida en “Catalanismo y tradición catalana”.

Horas antes de su rendición, en el pregón del 11 de septiembre de 1714, los tres comunes de la Barcelona sitiada por las tropas borbónicas se confiaban a Dios y exhortaban a los barceloneses a derramar su sangre “por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España”.

El proyecto del nuevo Estatuto de Cataluña se proclama “depositario de una memoria” de los que murieron por el reconocimiento de los “derechos nacionales y sociales” de Cataluña desde 1714. ¿Acaso son la misma cosa esta memoria nacionalista-socialista y aquella memoria tradicional de 1714? ¿Por qué los gobernantes de 1714 nombraban Generalísima de la defensa a la Virgen de la Merced (patrona de Barcelona), mientras el Parlament evita la palabra “cristianismo” entre las 42.000 del Estatuto? Canals -y Chesterton también- nos dan con precisión quirúrgica la respuesta: los grandes cambios sociales se alimentan de una memoria falsa (y siempre posterior) para la creación de un cuadro radicalmente nuevo que permita explicar de otra forma el pasado a mejor gloria de los intereses del presente.

¿Qué “olvida”, pues, el nacionalismo catalán? Canals es claro:

“El pueblo catalán es aquél que, entre todos los pueblos de España o de Europa ha vivido en más ocasiones y durante más tiempo en guerra contra el Estado inspirado en los principios de la Revolución Francesa” (c.II).

Si España se conformó en las leyes paccionadas y la filosofía realista de la Cristiandad medieval, Cataluña defenderá esta idea todavía en el siglo XIX, librando para ello siete guerras contra el liberalismo en menos de cien años. Ése es el verdadero sentido de 1714.

Pero en el siglo XIX las ideas revolucionarias transmitidas por el idealismo romántico contaminaron la Cataluña burguesa y castellanoparlante. A diestra y siniestra brotó el nacionalismo, que renegaba en el fondo de la tradición catalana y se aliaba con sus enemigos seculares. Es un nacionalismo que nos recuerda a aquel “amor negativo” de los revolucionarios hacia el pueblo, que Dostoyevski aborrecía por fantasear sobre un pueblo teórico y despojado de lo realmente propio y constitutivo de su verdadera identidad.

El acierto de “Catalanismo y tradición catalana” no es sólo devolver a Cataluña su auténtica conciencia histórica, sino también recordar el radical carácter anticristiano del nacionalismo. El mito metafísico de la nacionalidad tiende a suplantar a la religión. Se vacían entonces las iglesias y aparecen los “cristianos por el nacionalismo”. Los fieles cambian el crucifijo por la “senyera”. Los gobernantes se entrometen en lo sagrado. Los políticos legislan su Cataluña de papel. El clero se esconde y disminuye en número. El verdadero sentido de la familia se esfuma.

El que lea a Canals, comprenderá y combatirá entonces al nacionalismo actual para alcanzar lo que Donoso jamás soñó: que un pueblo regrese a sus raíces de fidelidad al Evangelio después de haberlas perdido. De extirparlas en pos de una imagi-Nación.


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