martes, septiembre 03, 2013
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Hoy les ofrecemos un avance para que se hagan una idea de la calidad de los artículos contenidos en el próximo número de la revista AHORA información número 123 cuyo tema de portada está dedicado a la defensa del matrimonio y la familia como Dios manda. 



¡Las mujeres y los niños primero!
por Bruno Zazo

¿Cómo enfocar el llamamiento a la reacción y defensa de la familia (“La familia, nuestra familia, lo primero”, encabeza la revista) desde Las alforjas y el camino, desde la economía real? ¿Hay defensa posible de la familia, desde la perspectiva de la economía real?

Sí. La defensa es obvia: quien destruya a la familia fulminará la economía. Y quien acabe con la economía lo hará consigo mismo. En consecuencia, no es difícil responder a la pregunta, pues la propia dinámica natural conduce, irremediablemente, a la defensa de la familia desde la economía. Por la cuenta que nos tiene.

1. ¿Dónde estamos? ¿Por qué un llamamiento a la defensa de la familia desde Ahora Información? Antaño uno estaba, paradójicamente, dispuesto a sacrificar lo querido a cualquier causa que lo meritara: y lo más querido (los hijos) se entregaban a la mayor causa, Dios; de tanto en tanto, también a la patria, siempre que tuviese a Dios como regente. La promesa que los hijos encarnaban era de inferior entidad que la del Reino. Existía, pues, un orden: consecuentemente lo de abajo se sacrificaba, si así lo requería la razón o la autoridad, a lo de arriba. La familia, recurso precioso para la misión por excelencia: la gloria a Dios. Lo natural siempre sobrenaturalizado, aunque Dios no nos pida habitualmente que sacrifiquemos a la familia, pues eso sería ir contra la naturaleza. Aún así, promesa y alianza: economía de salvación.

Para que un colectivo exista necesita de un fundamento (principio de autoridad), de una unidad (autorepresentación común) y de una finalidad (proyecto común)”, dice Barraycoa en El trabajador inútil, citando a Zaki Laïdi. Pues bien: sin principio de autoridad (nudo poder, choque de átomos, es el fundamento de la dinámica social actual); sin autorepresentación común (vivimos en la absoluta incapacidad de autorrepresentación, incluso individual); y sin finalidad (hoy sustituida ésta por un presente absoluto, sin historia y sin sentido), no existe colectivo como entidad: existe la mera yuxtaposición de individuos, con menor identidad y fraternidad que la que presenta el rebaño (este, al menos, bala armónicamente y no sufre furores homicidas cada viernes por la noche).

¿Quién da hoy la vida por “esto” amorfo en que vivimos? ¿Quién da la vida hoy por los derechos humanos, o por la paz universal, o por la ruta del Ártico? Hogaño vivimos en ausencia de toda referencia y de todo antecedente, sin piedad; también en ausencia de todo sentido, de toda esperanza y de toda consecuencia, sin fraternidad. Las sucesivas revoluciones, trazando una línea no muy recta de disolución de referencias, y que une puntos concretos de inflexión (Dios – razón – hombre – sociedad – mujer – naturaleza), han consumado el proyecto de ingeniería social, la utopía, con las leyes en la mano, como hace poco nos recordó Rubalcaba (“es que nosotros tenemos un proyecto…”), por si se nos había olvidado que esto va hacia un lugar muy lejano.

Y en la hipérbole del horror, la última vuelta de rosca de la disolución de la comunidad (sorprendentemente tranquila y pacífica, la ejecución de la disolución, para el PSOE, según decía Txiqui Benegas), atornilla a la masa en lo vegetativo y en lo sensitivo (pues lo ideológico ha colonizado hace tiempo a lo racional y no piensa abandonarlo, como puede atestiguar la deconstrucción educativa que los niños sufren desde hace 40 años). No existe sujeto, ni relación ni pensamiento. Ni ciudad ni comunidad. Y siente la emotiva masa que ejerce, por fin, su divino derecho a no pensar con verdad (derecho arrebatado por la fuerza de la revolución a los reyes absolutos, que a su vez lo usurparon también) y a endiosarse a sí misma (por obra del mágico Estado, omnipresente sacerdote que consagra en la sacrílega representación y que consiente y fomenta esta bacanal anarquía de todos los órdenes). Institucionalizado el sacrilegio y la perversión como forma de autorrealización cotidiana del individuo, hoy nadie (de bien) entregaría su familia a ninguna [pervertida] causa ni [aberrante] institución, pues el sacrificio no está en consonancia ni con la entidad de los [enanos] tiempos ni con su finalidad. Hoy ya se producen suficientes sacrificios humanos (uno sacrifica los suyos a uno mismo, que es la única certeza, clara y distinta, que se tiene) como para pensar en entregarse a nada. Saturno devora a sus hijos cada día: economía caníbal.

2. Así pues, y en forzado diálogo con la Revolución, permanentemente a las puertas, en lugar de decir “nuestra familia lo primero”, cabría hoy decir: “nuestra familia, lo último, por favor”. Que pase la Revolución de largo por nuestra puerta y que lo arrase todo, como el tornado, pero que no se lleve a nuestra familia. Lo único que nos queda es la guarida y la camada. Exul umbra: fuera todo es oscuridad, barbarie y desierto, como en Mad max: fuera ya no se puede vivir sin violencia. Y ese fuera ya lo ocupa casi todo: apenas hay ya lugar donde poder vivir en paz. Apenas tiene extensión el dentro, la zona segura, la casa, invadida como está por un afuera que se cuela por sus diferentes poros, a través de sus distintas insuficiencias (de comunicación, de afectos, de recursos, de verdad…). De ahí que lo de la “república independiente de mi casa” de la pionera y sueca IKEA no sea ninguna broma, sino una clara manifestación de lo que está pasando, desde hace décadas, en toda Europa.

La familia, pues, ya no es lo primero a sacrificar a una causa buena; sino lo último a entregar a las dentelladas del feroz can revolucionario: es la familia el santa de los santos para aquellos que creyeron en la existencia de la jerarquía natural y en la separación natural –no convencional- entre el dentro y el fuera. Descreídos ahora, algunos amigos viven cada día más angustiados, en la obsesión de la fortaleza hermética al pus ambiental: intentando detener lo inevitable… La familia, exactamente, es hoy lo primero y casi lo único para los que han perdido todo lo demás y, encerrados en el ghetto en el que la Revolución les confina, salen de casa sólo para conseguir los víveres necesarios. Fuera, todo es oscuridad, peligro, legislación invasiva, ingeniería social, depravación, jungla... ¿Se puede así vivir? ¿Es esto vida? ¿Hemos traído hijos al mundo para este… mundo?

¿Hasta cuando la jungla a las puertas? ¿Es el alarido “mi familia lo primero (o, lo último)” mera dilación de lo inevitable? ¿Son los hijos para el Saturno de fuera –si no es que ya está dentro- así como son los padres para la eutanasia del Estado? Si no cabe vencer a la Revolución, ¿se detiene la Revolución ante algo? ¿Se frena la Revolución a las puertas de la casa? ¿Y si le vertemos aceite hirviendo desde las almenas familiares?

3. Aquí cabe rescatar la perspectiva de las alforjas. Con las cosas de la economía es, a fin de cuentas, con lo último que se puede jugar: incluso si quien juega es la Revolución. Porque hasta la Revolución está sometida a las leyes de la naturaleza –por mucho que quiera subvertirla- y necesita de alforjas para realizar su destructor camino.

Los hijos se perderán, antes o después, en la epilepsia que el ambiente les insufla por cada poro; y si mañana quieren ganarse la vida biológica –la única que se les permite vivir- tendrán que comulgar con el Sistema y sus mecanicidades; y en sus reuniones de amigos cenarán con todo tipo de entes. Es ya tarde para lamentarse. Basta ver el camino recorrido por pueblos más avanzados (avanzados en lo revolucionario) para comprobar que lo que tenemos que vivir está llegando sin solución de continuidad. Nuestros hijos tendrán a Saturno cenando en casa, y mirando a sus hijos con arrobo.

Pero volviendo a las alforjas, menciona Crane Brinton (en The anatomy of Revolution) que el anarquista Berkman le preguntó a un bolchevique acerca del porqué Lenin no nacionalizaba a los isvostchik (los taxistas rusos de entonces, que llevaban a los pasajeros en trineos tirados por bestias). Y que el bolchevique le vino a decir al anarquista que los bolcheviques no nacionalizaban dicho servicio porque, si bien tenían comprobado que los seres humanos lograban sobrevivir sin comer, tenían también igualmente comprobado que las estúpidas bestias tienden a morir si no comen. Y que por eso la nacionalización de este servicio no se llevaría nunca a cabo bajo los bolcheviques. A lo que apostilla el autor: “Claramente si fuéramos tan estúpidos –o tan sensibles- como las bestias no tendríamos revoluciones”.

Ha tenido, cierto es, la Revolución una de sus herramientas más sutilmente revolucionarias en la economía, en la Ciencia Económica y en su implantación; y, con la alegada finalidad de la liberación del hombre (Marx), ha arruinado por doquier sociedades –como hizo la Revolución en su versión comunista, desde los Urales al Pacífico, y del Ártico a Madagascar- y familias –como hace hoy la economía liberal socialdemócrata desde los Urales a California y desde Islandia a Tierra del Fuego.

Sin embargo, la Revolución inteligente se detiene, siempre, en cierto momento, al tocar cierta fibra económica. Ahí tiene su tope. Aniquilado todo, se frena en seco ante su propia posibilidad de desaparición. La naturaleza de todo lo viviente hace que la Revolución no pueda continuar ad infinitum. Alien se detiene ante el niño: es el único al que no asesina. Y en Las armonías de Werckmeister la horda homicida, irascible tras la ilusión del circo, se detiene, en su carrera destructora, sólo ante la figura cadavérica y macilenta del anciano, loco y desnudo en una bañera sin agua, que le señala que ya no hay nada más. Y vuelve a casa cabizbaja y silenciosa.

La Revolución inteligente se detiene cuando la nada que su paso va originando se le antoja premonitoria de una Nada máxima, tan absoluta que ni a la propia Revolución puede ya albergar: como si fuera un canceroso ser inteligente, detiene su avance la Revolución antes del exterminio total del organismo que le alimenta. ¿Se detendrá la Revolución ante la perspectiva de quedarse sin alimento? No sería, en este supuesto, mala noticia la de la denominada crisis, y la constatación de la insostenibilidad del Estado de Bienestar. No cuadran las cuentas: se detiene el proyecto revolucionario, si es que sabe echar cuentas. Quisiera ofrecer alternativas de futuro menos descarnadas, pero creo que el análisis histórico no lo permite. La Revolución llegará hasta donde ya no pueda llegar más. Y luego se detendrá, a la espera de que nazca algo nuevo a lo que poder contagiar y revolver.

4. La Revolución inteligente tiene dos puntos en los que, como el tornado, siente su perentoriedad, toca tierra, pierde fuerza y se convierte en tormenta tropical: dos puntos vitales para su supervivencia que le hacen recular (si es que es una revolución inteligente; si es una revolución burda, arrambla con todo y muere). Dos puntos netamente económicos: la propiedad y la familia. Atronará contra ellos y, si es inteligente, los dejará subsistir. Si no, no cejará hasta derribarlos y, derribados, perderá sus nutrientes y morirá.

A nuestra revolución se le resistía la Cristiandad y la ha doblegado en todos sus niveles. Para comprobar su inteligencia, nos preguntamos si los dos últimos bastiones han caído también: si una economía ya plenamente virtual, cancerosa, y por ello eminentemente revolucionaria, ha terminado por colapsar; y si una familia, la actual, deshecha y desnaturalizada, revolucionada, está plenamente muerta. Parece que ninguno de estos dos recursos –recursos que dan vida, futuro, proyectos, orden, estructura, sentido- dan ya para mucha más revolución. Así pues, a nuestra revolución se le acaba el tiempo, por avariciosa. Le queda detenerse o descabellar los dos morlacos que quedan en pie, mutar en pequeño remolino y esfumarse, por carecer de apoyatura en una real ya inexistente. Será cuestión de poco tiempo el ver qué pasa.

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Ya queda respondida la pregunta kantiana del qué me cabe esperar: al haber respondido la pregunta qué es el hombre al principio, queda respondida la pregunta acerca de la esperanza: nada cabe esperar, porque el hombre (en su familia y en su economía; y en su naturaleza y en sus vínculos) ha quedado reducido casi a una nada (humana, que es peor que otro tipo de nada, por ser lo propio de lo humano el aspirar a Todo): podríamos decir que a una nuda vida, según el concepto de Agamben, y que haría las delicias, por su elemental complejidad, de cualquier esponjilla del Ediacárico. Las similitudes con el término musulmán de los nazis son claras.

5. ¿Qué nos cabe hacer, hoy? Sería la siguiente pregunta que la revista debiera contestarse. ¿Qué nos cabe hacer, en lo referente a la familia, desde la economía real? Y mi respuesta señala a la primera de las preguntas en el orden kantiano: la pregunta metafísica, la pregunta acerca del ser y de la adecuación al mismo que se produce por el conocer: ¿qué puedo saber?

Dando por perdido o casi perdido lo actual –parecía que la revolución oriental había acabado con la familia y la propiedad pero estas resurgieron milagrosamente- nos cabe comenzar de nuevo. ¿Y cómo comienza todo? Recuperando la metafísica, día a día, en nuestros ámbitos respectivos. Consiste esta tarea en recuperar el principio de contradicción, y que el sí vuelva a ser el sí; y que el no vuelva a ser el no. Y consiste en trabajar por que se separen el sí del no lo más posible, hasta que vuelvan a su antagonismo original; y consiste también el trabajo en defender la continuidad en lo vertical –naturaleza-gracia- pero no en lo horizontal: pues la contradicción es el destino de la vida y la luz debe luchar infatigablemente con la tiniebla, y la palabra con la anti-palabra. No hay otra. Nos cabe pensar de nuevo la persona y la familia desde el ser y rechazar el no-ser. No caben componendas ni descansos. Fundamentalmente desde la educación, desde la comunicación y desde los foros de conversación ha de emprenderse esta renacentista tarea.

En lo que afecta a las alforjas y al camino (la economía real), y para defensa de esa nueva familia del siglo XXI (o de lo que auténtico quede de ella), debemos también rescatar esa primera pregunta, fundante para las demás: y refundar con ella una metafísica de la economía donde la familia recupere su posición de sujeto económico por antonomasia (ya no el individuo, ni el Estado, ni la corporación, sino la casa); una nueva economía netamente familiar donde lo prolijo, como refiere Barraycoa, vuelva a ganar la posición central en lo económico y en lo social, y proporcione así al futuro su fruto natural: la prole (hay que recuperar el proletariado en su máxima expresión) –dejando para la marginalidad y la excepcionalidad lo lujurioso: ese lujo solipsista, base del principio democrático y de la civilización del ocio, que se agota en sí mismo y que exige, siempre, de nuevo, más; y que es el modelo de nuestra actual “economía”, que yo denominaría más bien, “ecoiosis”, enfermedad acaparadora que busca asimilar el mundo y convertirlo en extensión del propio cuerpo, casi como Diógenes).

6. ¿Estamos en posición de recuperar esa posición preponderante para la familia y para la casa, como centros económicos de la vida, una vida que utiliza lo económico simplemente para subsistir, y no para ser? ¿Queda rescoldo familiar de entidad suficiente bajo la ceniza de la destrucción? ¿Quedan sujetos dispuestos? ¿Estamos en posición de volver a pensar la verdad y de volver a aceptar la naturaleza que es, y en posición de reanudar o emprender una vida bajo el principio aristocrático que reconoce niveles de perfección en los seres y sus méritos, y deudas de unos para con otros? ¿Estamos en condiciones de aplicar el principio de contradicción a nuestro pensamiento? ¿Podemos volver a dotar de un sentido a nuestra economía o simplemente debemos dejar que ésta consiste en la multiplicación exponencial de interacciones entre individuos sin ninguna finalidad aparente más allá de la propia multiplicación de las interacciones?

No hace falta responder. La Historia responde con hechos a esa pregunta, nunca formulada a tiempo por los hombres de las épocas.

Sí, hay quienes están ya en posición de vivir la familia y la economía como Dios manda. Son los que sustituyen a quienes ya no podemos hacerlo, a quienes hemos olvidado la realidad –la verdad. Son, probablemente, menos refinados que nosotros pero más down to Earth, como dicen los ingleses. Como las mareas que rompen sin descanso, rompen sin descanso las civilizaciones revolucionarias en el ocaso de Occidente, y lo hacen contra la roca de la transgresión de los límites de lo real, consumidas por la materia las familias y aniquiladas las culturas en la ausencia de referencias y de sentido: tras haber olvidado que somos [sólo y nada menos que] carne. Otros pueblos, más primitivos, más reales y más vivos, están, ya, en condiciones de tomar el relevo y de integrarlo en la nueva configuración viable de una civilización coherente con la verdad y, por ello, verdadera y moral. Están, también, a las puertas, como la Revolución. Y no temen a la Revolución, a la que no le permiten ni levantar la vista al cielo: antes bien, pisan su cabeza como se hace con la de la serpiente.

Así pues, ¡las mujeres y los niños primero!

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