por Luis Ignacio
Amorós
Un carlista no tiene una ideología; un carlista es una persona poseída por unos
ideales, de un modo no muy diverso a como es poseído por el Espíritu Santo
un verdadero creyente. Al grito inicial de ¡Altar y Trono! abigarrado, feroz,
confuso, en la urgencia de enfrentarse con la fuerza a una novedad disolvente y
tiránica, las sucesivas derrotas y traiciones fueron dotando a la Causa de la
reflexión que impone la calma. El trilema Dios, Patria y Rey legítimo ha sido
decantado durante doscientos años por insignes y profundos pensadores, acaso
los mejores, y sin duda los más nobles de cuantos ha dado la postrer y
agonizante Hispanidad.
De esta meditación ha surgido el hallazgo de
que el carlismo no es sino la última defensa- no sólo teórica, sino vívida y
real- de la Cristiandad frente al monstruo liberal. Tenemos el orgullo de
heredar la épica resistencia de los últimos cruzados de Occidente contra su
propia decadencia. La reivindicación de la ley natural, del derecho público
cristiano, de la doctrina social de la Iglesia, que pone a Dios en el centro y al Bien Común en el horizonte, frente a
la triple separación de la razón frente a la fe, del mundo humano frente al
sobrenatural y del individuo frente a la comunidad; triple negación de Dios (al
modo petrino) de los hijos de satanás en la política. Triple negación de la cual
nacen todos los engendros que aparecen uno detrás de otro: liberalismo,
sofismo, positivismo, materialismo filosófico y práctico, ateoescepticismo, democratismo,
subjetivismo, hedonismo, relativismo, voluntarismo, pansexualismo, ideología de
género, cientifismo, egotismo, antinatalismo, estatalismo avasallador,
cosificación del ser humano, cultura de la muerte... uno tras otro los ven
aparecer en sus vidas las personas de bien y los combaten desordenadamente,
mareados por tantos ataques simultáneos a su concepción del mundo, desorientados
al ver sus valores y familias asaltados desde tantos frentes y ¡ay! sin guías
ni oficiales que se pongan ya al frente de la resistencia. No pocos- muy
humanamente- abandonan la trinchera y gimen en sus casas, deseando que acabe la
lucha ya, aunque sea con derrota.
Eso es porque se les ha hurtado la espina
dorsal de su forma de entender el mundo, y la razón de su combate. Y esa causa
primera está en los sagrarios, y no en las asambleas de fundaciones.
Esa es la riqueza, esa es la fuerza, esa es
la gran aportación del carlismo a la política. La de ordenar todo en un sistema lógico de jerarquías de autoridad y Bien,
desde la cabeza sobrenatural hasta su consecuencia cotidiana más nimia. Ese es
el tesoro que legaron nuestros padres y nosotros debemos ofrecer a nuestros
contemporáneos. Una tarea, una responsabilidad, una carga.
Esa lucha no es simplemente teológica. Como
no puede ser de otra manera en los sustentadores
del realismo en todos sus significados filosóficos y políticos, viene
acompañada de la defensa de la encarnación real e histórica de ese modelo de Cristiandad
en nuestras tierras hispanas. En la defensa de España y de las Españas, en la
defensa de los usos y costumbres elevados a ley que son los fueros, en la defensa,
en fin, de ese Rey que era gobernante, árbitro, capitán, juez... pero sobre
todo era padre. Un padre que velaba por los suyos, porque eran súbditos y no
extraños, porque eran hijos y no siervos, porque- en fin- eran hermanos a los
que proteger y no contribuyentes a los que sangrar. Un padre terrenal, reflejo
(pálido) del Padre eterno. Un padre con el que la patria hispana se convirtió
en señora de medio mundo, luz de la Cristiandad y baluarte contra los enemigos
de Cristo.
Estas cualidades, que ahora muchos aconsejan
olvidar para “ponerse a tono con los tiempos”, son- sin embargo- las que hay
que reivindicar, las que nos hacen verdaderamente prácticos y actuales. Ellas
nos ayudaran a explicar la Tradición al siglo XXI; Tradición dinámica, Tradición que suma y añade, y no resta
ni cambia. Tradición llena de contenido auténtico, y no puro marketing de
verborrea vacía para poder alcanzar el poder por medio de la urna degradante,
tan plastificada como los derechos políticos de los que creen en ella como
mecanismo de reforma y mejora. Olvidan que si el alma no se convierte, la
política no se mejora jamás, pues nadie puede dar de lo que no tiene.
Doscientos años llevamos de depredación
liberal de la riqueza espiritual y material de nuestra Patria. Dos siglos en
los que la cabeza de las naciones ha devenido en una sociedad rota, dividida,
mezquina y depravada, dominada por la plutocracia e intoxicada por la demagogia,
ahogada por la crisis moral y económica. Agoniza
este sistema partitocrático llamado de la Transición, y pasará como pasaron
el caótico parlamentarismo cristino, la corrupta Restauración turnista, la oligárquica
dictadura primorriverista, y su reverso la terrible segunda república. Como
pasó también el franquismo, cuya cabeza y cuadros prefirieron entregarse al
amigo de Washington antes que restaurar la Monarquía tradicional y pactista, y
así lo han pagado (y lo hemos pagado).
Cinco siglos hace del nacimiento de la
clarividente mística española que afirmó que nada debía turbarnos, nada debía
espantarnos, que quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta. Nosotros lo tenemos, porque le hemos dejado
habitar en todo nuestro ser, y no únicamente en la intimidad de la conciencia.
Y con esa paz podemos y debemos aconsejar calma a los que se agitan y soliviantan
por una simple elección municipal o autonómica, en la que el ala progresista y
socialista del liberalismo ha derrotado al ala conservadora, como si ello
significase algo realmente relevante en el gran plan de satanás o en el
infinito plan de Dios. ¿Que puede venir
una persecución? Mucho ha tardado, visto que hemos permitido crecer a la
cizaña y enseñorearse del trigo sin hacer nada. Quiera Dios que esta sirva para
nuestra salvación y la de España, pues ninguna espada templada se forja sin
darle martillazos.
Pase lo que pase, nosotros hemos edificado sobre la roca sólida de Cristo, sobre
el ejemplo firme de nuestros antepasados, sobre la saludable coherencia entre
ideas privadas y políticas. ¿Qué tenemos que hacer ahora? Nada distinto de lo
que tenemos que hacer en todas las épocas: transmitir el mensaje, evitar que
caiga en el olvido lo que fue y vale la pena mantener, reformar lo que
degeneró. Llamar a todos a la salvación en la vida pública tanto como en la
personal. Enseñar que lo que el modernismo llama involución es volver al buen camino, tras décadas
extraviados entre las zarzas y los cardos que nos alejan de nuestro destino
mientras nos lastiman y dañan.
¿Cómo hacerlo? Por todos los medios disponibles: círculos, asociaciones,
cofradías, revistas y medios digitales, periódicos y radios, charlas,
conferencias y coloquios, en la familia y en el trabajo, en la parroquia y
entre desconocidos, declaradamente o con discreción, fomentando o engrosando
candidaturas independientes en comicios municipales, con campañas de propaganda
o estableciendo relaciones con otras asociaciones no estrictamente
tradicionalistas.
Y hacerlo todos juntos, buscando la unión de todos los defensores del
cuatrilema, por encima de personalismos, o de marcas más o menos oficiales
cuya función es servir a la Causa, no sustituirla por siglas. Y formarnos bien,
bebiendo de los clásicos de la filosofía cristiana o del pensamiento
tradicional hispano, así como de los eruditos contemporáneos que nos ayudan a
entender los tiempos actuales desde la óptica católica.
Y buscando, al fin, el encuentro con la
dinastía. Aquella dinastía que en un momento de la historia se extravió de la
Tradición al olvidar que no se puede perfeccionar algo si se destruye primero.
Aquella dinastía que hoy regresa para preguntar por los suyos. Un encuentro para enamorarnos no de las personas,
sino de los principios; no de los títulos, sino de Cristo Rey y su obra en
los hombres y sus comunidades políticas.
Encomendemos esta labor al custodio de
España, Santiago Apóstol, para que nos proteja, al Espíritu Santo, que se
derrame en abundancia sobre nosotros para llevar a cabo con acierto y
constancia la ilusionante tarea de regenerar nuestra sociedad, nuestra patria.
Publicado en el número 94 de "Reino de Valencia"
Publicado en el número 134 de AHORA INFORMACIÓN
Tradición siempre viva, Dios Patria Fueros Rey Legitimo. Viva Cristo Rey.
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