domingo, febrero 28, 2016
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por José Bustinza

Un palancari en Oyartzun. (Jesús Elósegui Irazusta, fuente, CC)
“Siempre supe que Miguel Ignacio había sido asesinado” es la única frase que he conseguido escribir sobre la historia de mi tatarabuelo Muguerza. Con ella debe comenzar uno de los relatos familiares en los que crecí.

Cuenta Santacruz, aquel cura y guerrillero de la Tercera, que el Muguerza era gran amigo suyo (adisquide aundi bat) “hombre honradísimo y muy querido en toda la provincia (de Guipúzcoa)”. Fueron gente de su misma sangre, los liberales de Tolosa, quienes acabaron con su vida. Pagó no querer delatar a su amigo. Lo fusilaron en su caserío Urdapilleta de Beizama junto a su vecino Labaca (abuelo que sería del obispo). Por alguna razón, los hijos varones Muguerza emigraron a Ecuador después de estos hechos, al mismo lugar en el que un siglo después el obispo Labaca fue asaeteado por los indios. En algún momento de la obra ambos sucesos, ambos martirios, se mezclarían.

Pero nunca he conseguido escribir la segunda frase.

Miguel Ignacio, además de amigo de sus amigos y carlista y grande y fuerte, practicaba una modalidad deportiva de los denominados “deportes populares” (herri kirolak). Ésos que han practicado siempre las gentes de caserío que suponen convertir sus afanes diarios en una competencia. Él era palancari. Antonio Arrúe lo cita en un texto de Euskaltzaindia como uno de los más populares, que casualmente alternó en la campa con varios otros palancaris de mismo nombre. Como en los toros se repetían los cayetanos, en la palanca los Miguel Ignacio –dice. El juego (en vascuence la misma palabra se usa para juego y deporte) consistía en arrojar una barra de hierro lo más lejos posible, y el teatro crecía alrededor del desafío en forma de expectativas y apuestas.

En 1873, a la vez que la sangre de mi abuelo corría por entre las tablas del suelo, su mundo, languidecía. Así, gota a gota, el mundo de los que tiraban la palanca se apagó.

Una mañana de 1956 salió el sol, y un chaval llamado Miguel de la Quadra-Salcedo, de familia carlista (¡qué casualidad!) tuvo la ocurrencia de arrojar la jabalina, la modalidad atlética que practicaba, como le contaba uno de Ceánuri que hacían los antiguos palancaris con sus barras. El resultado fue que batió el record del mundo que tenía un noruego en 85,71 m. lanzando a 112,30 m. casi veinte metros más. Su federación, asustada, anuló la marca por lo heterodoxo de la técnica y redactaron nuevas normas. Miguel, adaptándose a ellas pero utilizando la misma técnica, volvió a batir el record del mundo. Si el navarrico hubiera sido del país de Fosbury (¿cómo es? ¿Fosburyland?), el final de la historia sería distinto, pero siendo español, la federación decidió impedir cualquier cambio y anular para siempre –y con carácter retroactivo- ese estilo, por eficaz que resultara una innovación… tan tradicional.

En ocasiones me da por acordarme de ese abuelo y de estas cosas, y se me ocurre pensar que quizá las soluciones a los problemas de España las hemos tenido los españoles siempre con nosotros.

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