jueves, mayo 29, 2014
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por Eusebio Nuño

En la vida pública española hay muchos males y uno, no menor, sino grave, es la mala presencia organizada de los católicos en la vida pública, cuyos efectos lamentamos todos los días y no sólo en política. De entre los males que lastran, perjudican, impiden, etc. la adecuada presencia regeneradora, y la unidad de acción de los católicos, están historietas viejas como esta del Yunque.

Tristemente, un servidor llegó a proponer la recomendación hace unos años, desde una plataforma civil de católicos de muchas realidades eclesiales, aprobada con el consenso y compromiso de todos, el apoyo decidido a hazteoir (cuando aún estaba en mantillas) para que cogiera vuelo como instrumento útil y dio acogida en medios de comunicación a entidades surgidas de la acción de miembros del yunque. Tuve por amigos a casi todos ellos y entendí que promover la unidad de acción implicaba fomentar la amistad católica entre todos. A muchas tareas de algunos de sus grupos de jóvenes ayudé, aconsejado por algún sacerdote amigo, en la idea claretiana que tan viva llevo en mi interior, de amar a la Iglesia y apoyar a todo lo bueno sea del grupo que sea siempre que cumpla con los criterios elementales de eclesialidad. Abusaron de mi confianza y de mi amistad. Nada me contaron y yo no quise escuchar a la voz interior que me estaba avisando… Incluso maniobraron para ser los coordinadores de la primera manifestación en defensa de la familia y contra los ataques a la Fe que se estaba preparando. Yo quería creer en una nobleza, una rectitud, una franqueza, que realmente no estaban presentes.

Todos sabemos que hay personas que la conciencia la tienen un tanto deformada. También en la Iglesia. Y se sienten tan tranquilos. Y además creen que hacen lo que deben y se ríen de los que ellos consideran seres inferiores. Pueden mentirte, engañarte, espiarte, montarte un matrimonio trampa, calumniarte, realizar montajes y otras lindezas sin despeinarse considerando que si es por el Reino todo vale en una suerte de nuevo pelagianismo, maquiavélico, en la que todo depende de una supuestamente maravillosa estrategia sin tener en cuenta realmente cuál es la voluntad de Dios, no sea que no coincida exactamente con la de ellos, que parecen saber mejor que Dios lo que quiere el mismo Dios mientras pisotean sus sagrados mandatos, y los hacen pisotear.

¿Puede haber órdenes militares, mitad monjes, mitad soldados, adaptadas a los tiempos presentes? Pues claro, - como bien señala el P. Iraburu en sus escritos de la Fundación Gratis Date sobre católicos y política-, pero siempre que cumplan los criterios de eclesialidad, se sometan a la autoridad eclesial y emitan votos o promesas según reglas o constituciones aprobadas canónicamente y ante superiores que lo sean en virtud del respeto al mandato eclesial. No en un remedo diabólico y burlesco de una toma de hábito religioso y caballeresco. ¿Pues cómo puede ser que se consideren  auténticos caballeros cristianos si no respetan ni la palabra a un amigo, tan falsa, ni sirven como verdaderos devotos a Santa María? Y no quieren caerse del caballo encima.  Ellos, sin conversión, ni harían caso a San Bernardo ni podrían cantar con verdad “Non nobis Dómine, SED NOMINI TUO DA GLORIAM”!!!

Como bien señala el himno Akazistos de la Iglesia oriental, Santa María ayuda a poner en claro lo oscuro, para que podamos mejor servir al Señor. Y quien no acepta recibir las gracias de Dios en el tiempo de la Misericordia Divina se ha de enfrentar al cercano tiempo de su Justicia.

Muchos no me quisieron escuchar. Veamos ahora, con las evidencias:




Como hago desde hace diez años aproximadamente, pecador como soy, pero rezo por la conversión de algunos de mis hermanos, que sé que tienen un muy buen fondo pero están profundamente equivocados, y para que este escollo para una adecuada presencia de católicos en la vida pública se solucione. Que son unos cuantos y se agradece ir quitando piedras, si son grandes, del camino.

Que Dios nos conceda a todos la Conversión, cada uno a la medida de su necesidad, para recibir dignamente y vivir con la mayor plenitud los dones y la luz del Espíritu Santo


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