jueves, noviembre 01, 2012
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A veces nos pasamos la vida pensando en cómo condensar un Ideario, o tratando de escribir declaraciones sesudas que sean capaces de explicar aquello en lo que creemos. Y resulta que una simple frasecilla, que suena a la vez a jaculatoria piadosa y a grito de guerra es lo que mejor se entiende. Lo que todo el mundo entiende. Queremos que Cristo reine. Eso es lo que queremos y por eso lo decimos así, con ese “¡Viva!” sencillo y popular que se utiliza en los brindis, en las arengas, en los aplausos, en los momentos decisivos.

Los políticos católicos más sosos, esos que han llevado en las últimas décadas la voz cantante del catolicismo “oficial” en medio de continuos coqueteos con el dragón liberal, han preferido identificar su acción en la vida pública con algunas expresiones tiernas como “inspirados en el humanismo cristiano” y cosas por el estilo. Y no es que estén mal ni la inspiración, ni el humanismo. Pero a las pruebas me remito... ¿dónde estamos ahora si cada vez que ha surgido una ocasión para salir como católicos a la vida pública se ha hecho todo lo posible por anular cualquier esfuerzo en la trituradora del malminorismo?

El tiempo juega a nuestro favor. Las medias verdades no construyen nada consistente y al final, a la hora de verdad, lo único que queda en pie es ese ¡Viva! que sintetiza lo que queremos. ¿Qué es lo que queréis? ¿Que qué queremos? Somos cristianos, y por eso queremos que Cristo sea el rey de reyes. Por eso los carlistas vamos al Cerro de los Ángeles. Por eso honramos a mártires como Antonio Molle. Por eso nunca renunciaremos a participar como laicos, bajo nuestra responsabilidad, en las cosas de la vida pública. De esa clase de cosas escribimos en esta revista. Lean, lean...

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